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Maternidad

28.11.2017

Pesadillas y terrores nocturnos

El tiempo de los malos sueños ha llegado; ármate de recursos para ayudarlo a vencerlos.

Pesadillas y terrores nocturnos

Las primeras pesadillas aparecen a partir de los dos años, coinciden con la llegada de nuevos estímulos a su organizada y tranquila vida. Entre el año y medio y los dos años, le empiezan a ocurrir cosas que antes nunca le habían pasado y que son fuente de estrés y tensión. La inteligencia de los niños de dos años es más práctica que la de los adultos y sus sueños son más claros, con mucho menos simbolismo. Por eso podemos decir que, básicamente, reviven lo que les sucedió durante el día. Si son cosas que les molestaron, podrán volver en sus sueños en forma de pesadilla. Por ejemplo, si hay padres que intentan enseñar a su hijo a dejar el pañal antes de tiempo y eso le causa un conflicto; lo mismo sucede si han visto durante el día imágenes que los asustaron, como dibujos animados poco apropiados para su edad o algunas escenas de la televisión.

Diferencias entre pesadilla y terror nocturno

La pesadilla coincide con la fase REM del sueño, la de movimientos oculares rápidos, y suele ocurrir en las últimas horas del descanso. Cuando nos despertamos en ese periodo, solemos recordar lo que estábamos soñando. Pero que suceda en la última fase del sueño no es la única condición para recordarlo: dependerá, sobre todo, del contenido terrorífico de la pesadilla.
Consejos para ayudar
• Escucha el relato de tu niño para entenderlo. Aunque las brujas no sean reales, sus sensaciones sí lo son. A esta edad, la comprensión entre lo que existe y lo que no es bastante limitada.
• En ningún caso minusvalores sus miedos; no son una exageración infantil. Tampoco lo regañes porque te haya despertado. Lo que él necesita en ese momento es la seguridad de que nada malo va a ocurrirle.
• Acude enseguida a su cama para consolarlo con caricias tranquilizadoras. A veces, el simple contacto con nuestro cuerpo lo calma.
• Hablen sobre lo que acaba de vivir en su sueño, sea en el momento de despertarse o a la mañana siguiente; ello lo ayuda a darse cuenta de que no existe un peligro real.
• No insistas para que te cuente los detalles o las partes más horribles del sueño; solo escucha lo que te quiera transmitir.

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Los terrores nocturnos no tienen relación con el contenido del sueño. Suelen aparecer en mitad de la noche, cuando el pequeño está profundamente dormido. Son episodios bastante parecidos al sonambulismo, con un componente hereditario, que se presentan en el periodo más lento del sueño.

El niño que los sufre, a pesar de las muestras de sobresalto y angustia, no está despierto (ni siquiera si tiene los ojos abiertos) y seguramente no va a recordar nada al día siguiente. Normalmente, no suele tardar más de quince minutos en calmarse.

Consejos para ayudarlo
• Pese a su espectacularidad, son frecuentes a esta edad y acaban pasando solos.
• Lo mejor es que no intervengas ni trates de despertar al niño, ya que solo conseguirás ponerlo nervioso y alterar su sueño.
• Cuida mucho que no se lastime (sigue dormido y no controla sus movimientos); en caso de que se haya levantado, ayúdalo a volver a la cama y espera a que se calme.
• Aplica el sentido del humor. No se trata de minusvalorar sus sentimientos, sino de convertir al monstruo en alguien menos aterrador: “Seguro que tiene una narizota tan grande que se tropieza con ella o que cuando se entere su mamá monstrua de que asusta a los niños, se quedará sin postre”.
• No coman justo antes de irse a la cama. La digestión puede acelerar el metabolismo causando interferencias en el sueño.

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• Pon una luz nocturna en la habitación Aunque a esta edad resulta difícil explicarle qué existe y qué no, de este modo se sentirá seguro y podrás demostrarle que no se esconde ningún monstruo en la habitación.
• Después de la pesadilla (o antes, si teme irse a la cama) quédate un rato junto a él y canten juntos. Así desdramatizará la situación: “Si mamá y papá están tranquilos, es por algo”.
• Asegúrate de que duerme lo suficiente. De 11 a 14 horas diarias, incluyendo siestas. Al parecer, los niños que duermen poco tienen fases REM más prolongadas. Por lo tanto, son más proclives a experimentar sueños tormentosos.
•Regálale algún objeto “mágico”. Un peluche, una mantita o una almohada. Si se va a dormir abrazado al osito Pepe, se adormecerá tranquilo y seguro.

Fuente: Revista Ser Padres Noviembre / Por: Adriana García

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