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Maternidad

26.03.2013

Mamá a los 40

Con Diego siempre tuvimos televisor en la pieza a pesar de que veíamos poco. En las noches preferíamos leer y las noticias las veíamos en la sala de estar, la mayoría de las veces rodeados de los niños. Matías y Marcelo no quisieron televisor en su pieza porque, en un arranque de responsabilidad que admiramos, […]

Mamá a los 40

Con Diego siempre tuvimos televisor en la pieza a pesar de que veíamos poco. En las noches preferíamos leer y las noticias las veíamos en la sala de estar, la mayoría de las veces rodeados de los niños.

Matías y Marcelo no quisieron televisor en su pieza porque, en un arranque de responsabilidad que admiramos, nos dijeron que era una distracción para los estudios. La Jo era la más “tevita” y fue tanta su insistencia, que le tuvimos que regalar uno, pero muy restringido. Mientras que Diego chico quiso uno, sin embargo, nunca tuvimos problemas porque muy responsable él, si tenía que estudiar o hacer tareas, no lo encendía. Pero lejos, la Ángela fue siempre la más fanática del televisor. Le pusimos uno en su pieza y  se transformó en un motivo de preocupación porque se mezcló su especie de obsesión con sus problemas de insomnio.

Cada vez que estaba frente a “la tele” parecía hipnotizada y si le hablábamos, no nos contestaba como si no nos escuchara. Si la apagábamos, nos miraba como poseída (como decía en tono de broma Matías) y la volvía a encender. Más de una vez, desperté avanzada la noche con una luz en el pasillo, la seguía y era la Mocho que estaba viendo televisión.

Si bien nos preocupamos de sacar los canales no adecuados, no eran precisamente monitos los que veía. Le fascinaban las series, los documentales y las películas. Era chica y estábamos seguros de que la situación no era muy normal así que lo hablamos con el pediatra y claro, estábamos en lo cierto. Nos sugirió hablar con ella, negociar los tiempos para que viera TV y que durante las noches nos lleváramos el control remoto a nuestra pieza a sabiendas de ella.

Nos instalamos a conversar con ella, los tres: Diego, la Ángela y yo. Le dijimos que no era bueno que viera televisión todo el día y su respuesta nos dejó perplejos: nos dijo que no veía todo el día, que en las tardes andaba en bicicleta, salía con la nana, armaba sus puzles, hacía sus maquetas y que sólo veía televisión cuando tenía ganas. ¡Tenía toda la razón! Así que haciéndonos un poco los tontos, seguimos conversando. Le explicamos que no era conveniente de que si no podía dormir, viera televisión, así que en las noches nos íbamos a llevar el control remoto.

Accedió obedientemente a todo pero hizo sus requerimientos. Nos manifestó que casi todas las noches despertaba y que le costaba quedarse dormida de nuevo, así que si no podía ver TV, iba a leer. Atónitos, medio aturdidos, le dijimos que ok, así que dejamos varios libros adecuados para su edad en su repisa.

Como ya habíamos visto con especialistas los trastornos de sueño de la Ángela y como parte de un tratamiento tentativo, la lectura era una buena opción. Eso, hasta que una madrugada desperté con la luz en el pasillo, la seguí y era de la pieza de la Ángela, estaba leyendo y según me confesó, llevaba horas en eso, le sugerí que durmiera y me dijo que estaba tan bueno el libro que se le había espantado el sueño. Ahí me di cuenta de que el problema no era el televisor ni los libros. Era hora de cambiar de médico.

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