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Maternidad

16.04.2013

Mamá a los 40

Todos mis hijos han sido muy amistosos y la casa siempre estuvo llena de niños y jóvenes, lo que nos llenaba de felicidad porque le daba vida a nuestro hogar. Era el centro de estudios, la consulta psicológica, el albergue de los peleados con los papás y de los “abandonados” de fin de semana. Todas […]

Mamá a los 40

Todos mis hijos han sido muy amistosos y la casa siempre estuvo llena de niños y jóvenes, lo que nos llenaba de felicidad porque le daba vida a nuestro hogar. Era el centro de estudios, la consulta psicológica, el albergue de los peleados con los papás y de los “abandonados” de fin de semana. Todas las fiestas se hacían en mi casa y los cumpleaños tenían una convocatoria que ya se la querría un político o un euqipo de fútbol.

Siempre con Diego nos deteníamos a analizar a los amigos de nuestros hijos, en su mayoría, pequeños y jóvenes buenos, cariñosos y respetuosos, salvo algunos casos aislados, pero que nunca nos dieron problemas ni llegamos a pedirle a los niños que no los vieran más. Lo más gracioso era darnos cuenta de cómo las amistades, de alguna manera, servían de radiografía de la personalidad de Matías, Marcelo, la Jo, Diego y la Ángela. Mientras los dos mayores además de muchos amigotes, de esos para toda la vida. La Jo, llena de amiguitas con las que primero jugaba a las tacitas y a las muñecas para pasar después a los brillos labiales y los cantantes con los que soñaban día y noche.

Diego tenía amigos en todas partes. Los del colegio, los de la cuadra, los de atletismo, los de natación, los del sur que vienen a ver a sus abuelos (vecinos) en el verano y los amigos de los amigos del sur… ¡Qué niño más amistoso! Mientras que la Ángela tenía un par de amiguitas con las que jugaba a cosas tan particulares como a la “cocinera de TV” (obvio que ella cocinaba y la amiga era la camarógrafo y cuando tocaba cambiar, ya no quería jugar más); a la “vendería” (con los libros del escritorio del papá), a recolectar frutas (privándonos de las uvas, duraznos y naranjas porque, obvio, las cosechaba verdes) y el más extraño de todos (juro que nunca he conocido a alguien que juegue a eso con sus amiguitas), a la estudiante universitaria. Seguramente esto era influencia de sus hermanos mayores.

Pero lo que tenía por montones, eran amiguitos, con los que jugaba fútbol, a subirse a los árboles, a “rescatar” animalitos y bichos “en peligro”, a  los autitos y a cada cosa que se les ocurría como la parada militar los 19 de septiembre, la guerra -después de ver una película del género-, los vaqueros, policías y en general, los mismos juegos de Diego e incluso, muchas veces era un tremendo lote con los compinches de uno y otro.

Los abuelos fueron los primeros que nos advirtieron sobre lo “sospechoso” que les resultaba que una niñita jugara a esas cosas y peor, que nosotros le regaláramos autitos en vez de muñecas (no le gustaban). Luego fue la nana la que nos decía que la Angelita parecía un niñito y trataba de meterle los cochecitos a la fuerza. Y así, algunas mamás de compañeritas del colegios nos dijeron un par de veces -casi con tono de broma- que nuestra hija era “juguito de pelota”. Nunca fue tema para nosotros, la dejamos que se desenvolviera tranquilamente, que jugara a lo que quisiera y que fuera feliz, sobre todo.

El tiempo nos respaldó y a todos los que alguna vez “temieron” por la feminidad de la Ángela, les cuento que es una niña con sus gustos bien definidos, bien mujercita para sus cosas, amante de los deportes, fanática del fútbol y que goza de mucha popularidad por parte del sexo opuesto.

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