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Maternidad

23.04.2013

Mamá a los 40, Garabatos!

En la casa no decíamos garabatos lo que no quiere decir que los niños no lo hicieran, claro que siempre tuvieron la delicadeza de no hacerlo delante de sus papás. Nunca tuvimos que retarlos cuando chicos por decir malas palabras y si alguna vez a uno se le salió uno por ahí, no dio para […]

Mamá a los 40, Garabatos!

En la casa no decíamos garabatos lo que no quiere decir que los niños no lo hicieran, claro que siempre tuvieron la delicadeza de no hacerlo delante de sus papás. Nunca tuvimos que retarlos cuando chicos por decir malas palabras y si alguna vez a uno se le salió uno por ahí, no dio para mucho. Todo, hasta que un día durante un almuerzo familiar, un domingo con abuelos, tíos, primos y más, la Ángela, a propósito de nada y justo cuando se produjo un segundo de silencio, lanzó un improperio de grueso calibre. Lo recuerdo y me da tanta risa como cuando ocurrió, claro que en esa oportunidad no me reí.

Muchas veces me tocó presenciar una escena similar en casa de parientes y amigos y me llamaba la atención la incomodidad tan grande que algo “tan simple” incomodara tanto a los papás de los “bocasucia”. Ahora, en el mismo instante en que la Mocho se explayaba como si estuviera sola en el mundo, los entendía a la perfección. Quise que justo bajo mi silla se abriera un forado que me llevara directamente al centro de la Tierra.

Las reacciones fueron todas distintas. Los niños soltaron una carcajada que no alcanzó a ser contenida. Los abuelos nos clavaron la mirada a Diego y a mí. Un par de tíos intentaron “educar” a la Ángela en un par de segundos. Diego la miró y mientras se pasaban cien cosas por la cabeza, guardó silencio. Yo, admito que me “chupé” y sólo atiné a exclamar “Mochooooo” con la voz un poco débil.

En el momento que la Ángela hacía su “declaración”, pasaba la nana con unos platos por detrás de ella. Casi al vuelo, dejó lo que llevaba en la mesa, tomó a la Mocho y se la llevó de la mesa. Era chica, tenía poco más de tres años, no la podíamos retar. Sabia su nanita, se la llevó a la cocina y le preguntó porqué había dicho “eso”, la respuesta fue un desenfadado “no sé”, misma respuesta que recibió la Marta cuando le preguntó si sabía lo que quería decir.

Después que pasó el bochorno (aunque sé que para muchos de los estaban ahí no pasó nunca), hablamos con la Ángela y explicamos que había palabras feas que no podía repetir y menos delante de los tíos y abuelos. Error. La misma escena (casi calcada) se repitió un par de veces. Siempre con los abuelos presentes. Nunca nadie nos dijo nada, pero estamos seguros que todos juraban de guata que en la casa, todos nos tratábamos a garabato limpio (o muy sucio, en este caso).

Fueron momentos muy incómodos, que sin embargo, ahí quedaron. La Ángela no se transformó en una niña garabatera ni irrespetuosa. Sólo nos hizo pasar unos momentos que no dieron para desagradables, pero que definitivamente no manejamos bien. Menos mal que a pesar de eso, ahí quedó todo.

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